Vinilo Resto Bar; buen intento.

El tema de los vinilos en la pared al entrar me pareció curioso. Me paré a vitrinearlos mientras esperaba la suculenta cazuela que venía en camino, y quise juzgar el gusto musical del dueño del lugar; tenía un vinilo de La Peña de los Parra, algo de Víctor Jara, y algún vinilo antiguo de origen gringo, por lo que pude vislumbrar algo de buen gusto, o al menos, de buena elección. El pecado capital, consistía en tener colgados en una pared con un clavo, un vinilo de La Peña de los Parra, y algo de Víctor Jara.

¿Por qué no hacer un estante que destaque, bonito, onda retro para honrar la estética, en vez de profanar tales obras? Ok, no pido un wurlitzer, y a Marilyn Monroe y Buddy Holly atendiendo mi mesa -bueno, sí, alguna vez espero que pase, pero no en Vinilo Resto Bar-, pero al menos algo de delicadeza al momento de tratar con tal tipo de obras. Soy un poco quisquilloso con estos temas. Perdón.

Quizá aquello me haya predispuesto en cierta medida, a juzgar con especial dureza la cazuela que me llevaron a la mesa. Recapacitando, ya creo estar en condiciones de juzgar el plato con objetividad, si es que algo de ello hay en cada juzgamiento.

El plato era de greda, por lo que se nota un intento de ser más cercano con el comensal . La atención es rápida, y simple, sin mayores intentos de la respectiva mesera por caer bien, pero sin ser desagradable en lo absoluto.

Al cabo de 3 minutos estamos en presencia de una ensalada consistente en lechuga, con la mitad de un huevo duro encima, y una bebida -fanta- con un vaso y el servicio. A los diez minutos llega la cazuela.

cazuela-2 (Foto meramente referencial)

Cazuela de vacuno de corriente sabor, y quizá levemente salada, pero dentro de los márgenes normales. La carne un poco reseca, a pesar de estar inmersa en el caldo -la razón de tal suceso de desconoce- y una papa acompañada con un trozo zapallo, ambos de buen sabor y cocción. Por la fecha del año no es posible exigir choclo, sin perjuicio de lo cual el propio caldo lo contenía en su forma desgranada, y abundante poroto verde.

El problema principal de la cazuela consistía en el caldo. Lo primero que todo ser humano se lleva a la boca al probar una cazuela, es el caldo. Es una especie de anticipo, mediante el cual uno está en condiciones de juzgar prácticamente la totalidad del plato, sin tener que probar las presas. Si pruebo un buen caldo, sé que es así, porque todos los ingredientes se mezclaron mágicamente de tal forma, que tornaron sabroso un líquido que originariamente sale de la llave. Eso no ocurrió con esta cazuela.

No deseo señalar que es algo que no se pueda comer; al contrario, está dentro de los márgenes de lo correcto al paladar, pero ¿no espera uno poder saborear una delicia, cada vez que lo que se elige es una cazuela?

Punto aparte el pan, que se notaba, si no añejo, al menos de muy temprano, y un buen pebre, delicioso, con ají y cebolla en su justa medida, para acompañar aquel pan… fue lo que hizo falta. Al final de la merienda, un buen flan esperaba para cerrar todo.

Esperamos que no haya sido falta de cariño, sino sólo un mal día del/de la cocinero/a.

Le Pató.

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Café de Paris: bon appetit!

En entregas pasadas un fiel lector y contertulio nos invita a conocer una nueva picada talquina, y con las coordenadas listas, el Comité Editorial de La Séptima Picada concurre al lugar; para ello hay que cruzar la transitada avenida Carlos Schorr, pasar por alto la comida china consumida de a pie por el joven universitario Santo Tomasino, y luego ignorar promociones de chorrillanas y completos que tientan a los universitarios que por montones transitan por el lugar. El lugar se llama “Café de Paris” y afuera hay un cartel que anuncia “schop a $500”, con ese preludio, y con las expectativas por el suelo abrimos forzosamente una pequeña puerta de madera apretada por la humedad parisina y entramos.

En el lugar una mujer corría de un lado para otro; tomaba los pedidos en un español afrancesado, y luego desde la misma mesa los vociferaba en francés nativo al chef que parecía comprender a la perfección y que se encontraba trabajando al mismo ritmo desde una cocina abierta. Convengamos que si se tratara de una picada criolla, la forma de hacer los pedidos calificarían como un griterío feo, pero por tratarse del idioma de l’amour, la caricaturesca escena era de lo más encantadora.

Con el semblante alegre, buscamos un espacio entre las mesas que estaban casi todas ocupadas, y para no complicar a la estresada francesa le pedimos el menú del día, nos sonrió, y gritó rápidamente al chef: un déjeneur!, por mientras nos pasaba la ensalada como parte del menú y se perdía nuevamente entre las mesas para atender a nuevos comensales que seguían llenando el local.

Luego de un rato, con la misma sonrisa, la atareada pero amable mesera nos lleva el menú –déjeneur-, consistente en unas pastas con tres porciones de salsas separadas en el plato; de pesto, berenjenas y de tomate de verdad preparada por el mismo franchute chef. El colorido plato estaba acompañado por una grandota escalopa de pollo que sobresalía los límites del mismo, y mientras la mujer nos deseaba el ya conocido bon appetit, se perdió nuevamente en la muchedumbre.

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Luego de jugar con las mezclas de las salsas y zamparnos rápidamente los tallarines, la delegación de La Séptima Picada -por limitaciones propias de la menuda contextura que los caracteriza-  dejó prudentemente parte de la exuberante escalopa y esperó el postre, el que cumplió con los estándares de menú; un sencillo bizcochuelo levemente remojado, en ningún caso malo, pero como en otras oportunidades los hemos destacado, era solo por cumplir. A esas alturas daba lo mismo, pagamos $3.500 por el menú, le mandamos un previamente traducido au revoir (chao) a la mesera, la que nos sonrió y gustosos retomamos nuestros quehaceres diarios.

Como nosotros, vaya con bajas expectativa y se sorprenderá con el agradable restaurante ubicado en una zona para universitarios, y si su ventana es grande, aproveche y póngale al schop por $500, mire que en cierta oportunidad quien suscribe se retiró tambaleando del lugar por módicos $3.000.

Para no perder la naturaleza critica de la columna, un mensaje a los distinguidos comerciantes galos; tengan a bien importar a otra mesera tan agradable, o bien contratar a una chilena, para así darle rapidez y descongestionar la tan buena picada.

El contertulio opinante tenía razón, ¡una gran picada!

León Cortés.

Puro Perú: de salado y de agraz

El pasado 21 de mayo de 2016, 137 años después de la gesta de don Agustín Arturo Prat Chacón y Carlitos Condell de la Haza, en la Séptima Picada nos arrojábamos al abordaje de Puro Perú, con la única intención de no zozobrar en el intento.

Habiendo sobrados motivos para celebrar, y –naturalmente- muy buena compañía, ingresamos al mentado local con la esperanza de probar aquellos bocados del mar que muy probablemente el mismísimo Grau haya degustado.

La decoración del local estaba bien lograda; mesas y sillas cómodas; diente largo; y –como todo chileno que se precie de ser tal- las palabras de Prat en la mente: estaba todo preparado para una velada de aquellas.

Apenas sentados, aparece la mesera de turno ofreciéndonos una generosa carta que ojeamos con tranquilidad; los platos pedidos fueron “pescado a lo macho”, y el conocidísimo “lomo saltado”; para el picoteo, se nos ofrece un calentito pan y una salsa verde y otra de mariscos levemente saladas, pero no al punto de incomodar al comensal.

A los 5 minutos aparecen dos jugos naturales de piña y frambuesa, que en honor a la verdad, no destacaron respecto de ningún otro jugo natural antes degustado.

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Después de un poco más de media hora de espera, aparece el pescado a lo macho, -cuyo afeminado aspecto contrastaba con su masculina nomenclatura-  consistente en merluza, anillos de calamar, camarón, y uno que otro ostión, todo con una base de papas cocidas cortadas en rodajas, y un arroz de acompañamiento. El desmenuzamiento del plato es el siguiente: El arroz estaba bien graneado, cocido, y con buen sabor, cuestión que prácticamente es mérito del arroz mismo; el salmonídeo de rigor estaba sabroso, pero levemente recocido, lo que no afectaba en mayor medida la calidad del plato;  los calamares, camarones, y ostiones –que casi no se dignan en aparecer- tenían un sabroso sabor, que lamentablemente era disminuido por aquellas papas levemente “saltonas”, en cuyo centro se vislumbraba la falta de unos minutos de cocción. Entre sumas y restas, la cosa anduvo bien, y en tal capítulo pudimos sortear las peligrosas aguas con el barco a flote.

La debacle se produjo respecto del lomo saltado: El primer bocado fue un espolonazo que nos dejó con la bandera a media asta, y ni hablar de los bocados siguientes, gracias a los cuales estuvimos a punto de la hipertensión arterial, y con sed la semana completa. Lo anterior fue realmente lamentable, puesto que la carne, sin considerar el exceso salino del risotto que lo acompañaba, estaba muy sabrosa, con el punto de cocción justo, muy blanda y jugosa, a lo que se suma que las verduras que acompañaban dicha preparación también estaban bien preparadas. Lo anterior no es una exageración, puesto que ni siquiera nos fue posible engullirnos la totalidad del plato.

Al pedir la cuenta, un gordito simpático del local, muy atento se nos acerca a preguntarnos si nos habían gustado los platos, y fuimos testigos del momento exacto en que se le rompe el corazón, al indicarle que “pa’ la otra no se cargue al chancho con el cloruro de sodio”.

Sacando cuentas al voleo, creemos que por la comida debemos haber pagado unos $12.000.-, y con el resto pagamos la sal del lomo saltado: el total de la cuenta fueron $30.000.- aproximadamente.

En síntesis, la historia dice que el cocinero mató a Prat; hermosa analogía cumplida más de un siglo después.

Le Pató.

Simplemente, La Quinta.

Quinta de recreo: Dícese de un lugar de esparcimiento popular con fuerte arraigo tradicional. Así al menos lo entiendo. Al entrar rápidamente uno se da cuenta que es una cosa así como Gabriel Boric; por mucho guachaquerismo que le imprima a su estilo, es un afirulado que quiere ser popular.

Aquí pasa algo parecido, derechamente se trata de un restaurante gourmet pero de aspecto popular, y como sea, es el intento mejor logrado de la plaza.

Hay una fina preocupación por darle la apariencia de quinta; muebles viejos, jarrones con abolladuras, cacharros de greda, un mural tipo Ramona Parra; hasta la tasa de baño es efectivamente retro y sacada de algún remate por ahí.  Superada la grata impresión que nos generó el decoro, nos ubicamos para hacer nuestro pedido cerca de un escudo del Club Deportivo Magallanes, pintado de manera estratégica, naturalmente.

La amable mesera nos informa que no existe carta, pues ésta se va formando según las contingencias agrícolas y pesqueras; nos pareció lógico, así que sin tener claro a lo que íbamos, en un amable diálogo fuimos tanteando el camino. Como todo era tan innovador, le pusimos prudencia.

Una par de fuerte pisco sour y una tabla para compartir. En 35 segundos llegaron los tragos, mientras de manera paralela la quinta de recreo se poblaba con respetables caballeros de boina, pansas abultadas y frondoso bigote; una cosa así como masones en retiro, que adornaban a la medida el local ¡hace tiempo que en la Villa San Agustín no se veía tanto bigote tipo brocha en un solo lugar!, luego de una prudente espera llegó el picoteo; generoso queso de cabra, ceviche con eneldo, empanaditas de rellenas con buen queso, chupe de gallina, y para la novedad chancho salteado en chancaca; un agridulce a la medida. Todo era bocadillos tradicionales, con preparación de calidad.

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El lugar es tan grato que hasta la música es a la medida, con un par de Inti Illimani intercalado con una cumbia mala que por alguna curiosa razón, resultaba tremendamente grata, por lo que  extendimos la conversa alrededor de una tabla que ya estaba vacía mientras pedíamos nuevos brebajes. En total pagamos $10.000 por el buen rato, nos despedimos de los comensales de bigote y medianamente chambreados, seguimos nuestro camino.

No tenemos una visión tan íntegra del lugar, pero basta nuestra agradable experiencia para decir que “La Quinta la Chanchada” dará que hablar y promete ser de los mejores lugares de la plaza.

León Cortés

Los Socios

Dicen que los humanos maduramos con el paso del tiempo; a los 5 años nos creemos superhéroes; a los 10, queremos ser futbolistas; a los 15 nos enamoramos por primera vez, y de ahí en más, tendremos cada vez más criterio formado. Eso lo sabe usted, yo, y el 99% de las personas, salvo la cocinera o cocinero de “Los Socios”.

No estamos en condiciones de asegurar que el chef de tal local no vista delantal con monitos; pero le decimos que cuando la mesera ofrece los singulares menús del local, uno no puede más que concluir que los impúberes de Master Chef Junior deben ser superdotados.

En efecto, al tomar asiento, una alegre joven nos señala que las colaciones del día son aquellas que disfrutábamos viendo los Caballeros del Zodiaco: 1) Arroz o tallarines con huevo; 2) Arroz o tallarines con vienesa (sí, es en serio); 3) Arroz o tallarines con hamburguesas; o 4) Carbonada. A esas alturas uno ya está pensando seriamente en irse por el alambre, o en preguntar si el asunto es broma, pero ante la postura de la mesera, no queda más que afrontar la cruda realidad: no era talla.

Ni con bajón post carrete, y a las 5 de la mañana, aparecen platos de tan baja calidad como lo que se nos ofreció en dicho local. En una maniobra evasiva, sólo restó pedir la carta, ante el fundado temor de que el menú del día nos hubiese remontado sin retorno a nuestra temprana edad cual Benjamin Button o Alejo Carpentier en Viaje a La Semilla.

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La carta tampoco destacaba por lo variada, y dentro de la escasa oferta, se podía adivinar cierta calidad en la sierra a la mantequilla con ensaladas. La atención es relativamente rápida, y en un poco menos de 10 minutos, estamos en presencia del difunto pez, acompañado de ensaladas surtidas. El pescado tiene un correcto sabor, levemente salado, y se vislumbra un saborcillo a mantequilla hace presumir que no era mentira lo ofrecido. Sobre la ensalada, ésta se componía de poroto verde, tomate, abundante palmito, y repollo morado, siendo el punto alto del plato, por su generosidad. Siguiendo con la tónica infantil, en la cocina se encargaron de aliñar la ensalada a gusto de ellos. Todo lo indicado, se acompaña con un pan fresco, y un jugo boca ancha que se cobra aparte. ¿Monto total de la gracia? $5.250 pesos.

Una señora que almorzaba con tres niños, al conversarme, me dice que ella almorzaba muy seguido en el local, y después de tirarle un par de flores a las preparaciones, agrega que su preferencia además tiene que ver con que los platos eran baratos, y que a sus hijos le encantaba comer ahí; era que no. Ya estaba todo dicho.

Le Pató.

Las Puertas

La tierra dejó de rugir y un silencio conmovedor se apoderó de la ciudad. A lo lejos gritos de pánico llegaban a los oídos de la señora Rosa,  quien guiada por su experiencia adquirida en cataclismos pasados,  se introdujo en la densa nube de polvo que cubría el barrio norte de Talca; entre escombros pasó a la casa de sus vecinos, tranquilizó a una niña que lloraba desconsoladamente y rezó junto a la octogenaria de la esquina. Toda su cuadra estaba en el suelo: muros, tejas, ventanas y sobre todo puertas.

Pasada la debacle, la Sra. Rosa, comenzó a reunir una a una las puertas que yacían en calidad de escombros, las arrimó en su patio y forzosamente les dio forma de mezas; el negocio estaba listo; restaurante “Las Puertas”  se preparaba y naturalmente, habría sus puertas.

Idealmente vaya en invierno –un gran brasero ubicado en el centro de una habitación se encarga de temperar- y agarre puesto apenas pueda. Si va solo, probablemente le toque compartir mesa, que en rigor es una puerta, indistintamente con un maestro (que seguramente realiza faenas propias de la reconstrucción post terremoto) o con un profesional bien terneado; como sea, la Sra. Rosa rápidamente le ofrecerá  una de las cuatro variedades del menú; tallarines, puré con algo, legumbres acompañadas de un generoso fiambre y cazuela, pida lo que según las circunstancias le apetezca, son todos platos contundentes y sabrosos, mientras escoge y catea los platos de los vecinos la Sra. Rosa ya le habrá servido una panera con churrascas frescas que puede untar libremente en ají.

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Le recomiendo pida la cazuela, viene servida en un  plato de greda con alta capacidad de almacenaje, ahora si se atreve, vaya derechamente a por las  lentejas, de ese modo hace la mezcla mortal de la longaniza con la churrasca, en ambos casos, este humilde comensal ha quedado gratamente impresionado. No entraremos a desmenuzar pormenorizadamente el contenido de los platos, baste con decir que ¡son realmente buenos! El menú incluye una modesta ensalada y un postre solo para cumplir   –aspectos a mejorar-. Apenas haya terminado la merienda la Sra. Rosa, bien comerciante por lo demás,  lleva la cuenta y mientras Ud. paga, pasa un paño sobre la mesa (puerta) con un claro mensaje; hay que darle paso a un par de universitarios que miran desde la entrada. En Las puertas no hay tiempo para reposar, pero si usted es un gozador de pequeñeces, camine una cuadra y a tranco lento pasee por la encantadora plaza del regimiento, ahí, mientras reposa del contundente almuerzo, medite sobre la fortaleza de la mujer chilena que a punta de trabajo vio una oportunidad de entre los escombros.

Ahora, solo por mantener la costumbre y en el afán de buscar el error  forzado, tome en cuenta que de la generosa olla emanan los más diversos aromas, los que lo acompañarán por el resto del día.

León Cortés

Los Pollos Dorados: la chatarra con nombre de picada.

Hace veinte años, para ir a la picada de Los Pollos Dorados, había que realizar una pequeña aventura: Salir de la ciudad, encontrar uno de los diez estacionamientos que tenía, para recién, disponerse a comer en abundancia y celebrar lo barato de la atención.
Hoy, cuando el sushi, la comida peruana, las churrascas al paso, los completos chorreantes, las vías bien iluminadas, y la construcción han unido a las comunas, ir a los Pollos Dorados resulta menos engorroso. Hay estacionamientos amplios, está unido a la ciudad, la comida sigue siendo abundante “tipo picada” y el pollo a la española sigue reinando en las mesas cubiertas de manteles de hule.
El comedor creció hacia el interior, y aunque los jarros de ponche, chancho en piedra y pan amasado emigraron hacia el Río Claro, en los Pollos Dorados se abrieron al aperitivo, y a otras variedades, mas el comensal verá invariablemente sobre las concurridas mesas, unas torres de papas fritas en zig zag que cubren una amplia fuente de greda.

El pollo que se esconde bajo esta cubierta es consistente y sabroso, nada, en un caldo con cebollas y zanahorias a la pluma, donde resalta el tomate, algunos toques de pimienta y laurel. Esta reducción debe tomarse en tacitas que disponen al lado de cada comensal.
La conocida picada sigue siendo de atención rápida y sabrosa, y los precios siguen siendo económicos. Si hubiera que criticarles algo, sería la falta de estridencia; no hay letreros casi, ni luces especiales, ni ruido publicitario. Sigue siendo el lugar piola del Culenar, para la familia, o grupo de amigos dispuestos a comer rico y en abundancia.

León Cortés.

El Gamonal: gran relación precio calidad (más por el precio, que por la calidad)

“¡¡Un pollo asa’o con puré y una cazuela pa’ la mesa 6!!”, “!!Uuuuuna chorrillana mediana y un pollo con papas fritas pa’ la mesa 4!!”, y así, se van sucediendo las estentóreas solicitudes del mesero al cocinero, quien, con igual “delicadeza”, responde: “!!saaale una cazuela y el pollo asa’o!!”. La dinámica, a pesar de ser de alto audio, no incomoda al “almorzante”, pues es realizada con natural gracia, y por lo demás, no es constante a lo largo del ejercicio de deglución.

Al ingresar al lugar, se observa un local más bien sencillo, sin mayores decoraciones, y con un mobiliario de similar estética al que presenta “El Comilón” (ver entradas anteriores), por lo que estamos, al menos desde una óptica estética, ante un local merecedor del apodo de “picá popular”.

Al tomar asiento, un señor de parka, jeans y zapatillas, -respecto del cual ni Nostradamus podría haber sospechado sobre su calidad de mesero- se acerca a la mesa dando a conocer la acotada carta*; igual vestimenta presenta el otro de los camareros.
Mi petición fue simple: pollo asado con puré, y mi compañera, de costumbres más tradicionalistas, solicitó una cazuela.

El primero de los platos constaba de un “puré” de origen industrial –el concepto intrínseco y filosófico del “puré”, lleva a la idea de algo, que en  su momento fue entero, y con posterioridad molido, lo que genera serias dudas acerca del correcto uso de la palabra en este caso-, éste, según mi contertulia, había sido mezclado con algo de verdadera papa; la verdad es que yo no fui capaz de captar tal mixtura. El pollo estaba bien cocido, con la sal justa, y -lamentablemente- con el cuero del pollo rodeando una carne correctamente preparada .

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Al pedir prestada un poco de cazuela a mi contertulia, comprobé que el caldo tenía un buen sabor, con arroz y cilantro en justa medida, y si bien la papa y la presa de pollo estaban levemente recocidas, esto no afectaba de gran manera la correcta apreciación del paladar: estamos en presencia de un plato de mediana calidad. Punto aparte para las dimensiones del escueto choclo, pues en un rápido cálculo me percaté de la presencia de aproximadamente 26 granos, mi compañera creyó ver 31; en ambos casos su porte era realmente ridículo.

Los platos van acompañados de una ensalada de lechuga con un surtido de choclo, poroto verde, y arveja, de un presumible origen congelado, de correcto sabor, desmejorado con ese remedo llamado, sucedáneo de limón. Sumado a lo anterior, el fresco pan se hace presente con un pocillo con un intento de pebre, que picaba tanto, que bien puede decirse que era simplemente un potente ají.
Lo mejor del local es el precio; si no quiere beber ese sabroso cóctel de azúcar y colorantes cancerígenos llamado bebida, el valor será unos irrisorios $1.550, con dicho cóctel, la suma se eleva a $2.050, pesos.
Le invito a conocer el local: si quiere asegurarse, quizá sería buena cosa, que se vaya por la cazuela, si quiere sufrir, pida puré, y si quiere jugar a la lotería, pida algún otro, y nos cuenta cómo le fue. Después no diga que no le avisamos.

*Asistimos a las 14:20, más temprano la oferta es más generosa.

Le Pató

Perú Fusión; partíamos bien…

Nos dejamos llevar por la literatura de la carta recargada de epítetos; “intenso arroz” (arroz blanco), “agradables papas en su punto” (papas cocidas). Así las cosas, mientras una fila de garzones algo confundidos que chocaban entre si nos daban la bienvenida, mi conspicua compañera – con su insigne talento para elegir lo mejor de la carta- pidió un típico lomo salteado del Perú con acompañamientos atiborrados de adjetivos calificativos, por mi parte, me tentó el ya mencionado intenso arroz, cocido en concentrado de coral con mariscos varios. Para comenzar la velada, -como era de esperarse- pedimos un pisco sour: era de verdad, no dulce como el de los happy hour y acreedor de una gran capacidad de subir rápidamente a la cabeza. Para seguir honrando a las tierras Incas, pedimos un trago llamado Machu Pichu; un agradable invento tricolor de destilados y jugos desconocidos –con colores de la bandera mexicana más bien- que al revolverlo tomaba un color verde oscuro tipo concentrado de acelgas; agradable pero caro ($4.500), y con los tragos a medio servir llegó el plato de fondo.

Una plancha metálica acompañada de un permanente “SSSSHHHHH” debido a su temperatura, sostenía un cerro de arroz medio rojizo, con auténticos mariscos -no de tarro-, maíz peruano y arvejas (que en realidad, estaban de más), mientras que mi compañera se servía el típico plato cargado de adjetivos, el cual estaba en su descripción, muy influenciado por Vargas Llosa, por que en términos coloquiales, era lomo con papas fritas, y una pirámide de arroz, (segundo homenaje implícito a la cultura Azteca),  plato muy rico, pero como para día martes y a la hora de almuerzo y no para celebrar lo que aquella noche de viernes nos convocaba. El interminable cerro de arroz estaba felizmente cocido, lo suficientemente mojado sin ser un caldo, acompañado de generosos mariscos desconocidos de distintas formas y texturas provenientes de misteriosos lugares y con una sonoridad permanente; el referido “SSSSHHHHH” nos dejó una ampolla en la lengua que nos acompañó por tortuosos tres días.

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Días después vimos como la SEREMI de salud con orgullo, clausuró por condiciones sanitarias -o quizás Xenófobas- todos los restaurantes peruanos de Talca. Esperemos que los misteriosos mariscos que me acompañaron esa noche, efectivamente hayan venido del mar y no de misteriosos lugares como para detonar la farandulera clausura; así y todo, como consejo; “no os dejéis engañar por la lírica que abunda en nuestro continente y vayan derechamente al fondo del asunto, con cuidado que hay muchos distractores en el camino, buena suerte!”.

P.S. Días después revisando la prensa, con sorpresa me percato que efectivamente los ricos pero misteriosos mariscos algo tenían que ver en todo esto, copio cita;

“Una situación similar se vivió en el tercer restaurante de comida peruana fiscalizada por la autoridad sanitaria, se trata de “Perú Fusión” de calle 3 Poniente esquina 1 Sur, donde los inspectores detectaron hongos en la cocina, falta de higiene en lugares de manipulación de alimentos a lo que se sumó la presencia de una gran cantidad de carne, pescados y mariscos congelados de los que se desconocía su procedencia y no tenían rotulación”.http://redmaule.com/prohiben-funcionar-a-restaurantes-peruanos-en-talca/

*La “degustación” data de junio de 2015.

León Cortés

El Comilón: Una auténtica picada ¡Anímese a entrar!

Si es la primera cita con su pretendiente, no entre. Si quiere presumir en las redes sociales del lugar en el cual está almorzando, no entre. Si quiere encontrar sofisticación y estilo, definitivamente no entre.

La disonancia entre el título y las primeras líneas es asimilable a la existente entre la función de los ojos y las papilas gustativas. Al observar el local desde fuera, es posible ver un negocio atiborrado de letreros con las distintas preparaciones del lugar, indicando a qué tiene derecho el comensal que se anima a probar los platos que se ofrecen; no hay un mayor cuidado de la estética, y la publicidad está escrita en letreros de gaseosas y cervezas, las cuales sin querer, también se promocionan. Al ingresar, quien se haya sobrepuesto al impacto visual, encontrará las sillas más cómodas que el ingenio humano ha sido capaz de idear: las sillas plásticas de Coca-Cola. Las mesas ad hoc a la estética cumplen bien su labor.

La atención es célere, y una señora de prodigiosa memoria repite los aproximadamente 10-12 platos con pasmosa rapidez, por lo que se recomienda al comensal poner especial atención en las preparaciones para elegir en el acto. Al cabo de pocos minutos tendremos en nuestra mesa el plato principal, un plato de ensaladas varias y pan.

Este humilde “narra-sabores” ha tenido la suerte de probar diversos manjares, existiendo algunos realmente sobresalientes: los porotos granados con mazamorra destacan por ser realmente blandos, con un sabor suave y sabroso, haciendo de él un plato realmente apetecible. Si le preocupa la abundancia, con este plato podrá hacer frente al resto del día. ¿Algún contra? Eventualmente meteorismo.

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Otro plato digno de destacar es la cazuela de vacuno. Generoso y reponedor caldo, la papa cocida en su punto, con poroto verde y arroz en justa medida. La mejor parte es la presa: en caso de ser “pequeña”, vendrán dos, ahora, si la cocinera considera que es de un porte “aceptable”, tendrá sólo una; en ambos casos tendrá derecho a una carne blanda, sabrosa y realmente abundante (a tal punto, que puede que tenga problemas para saborearla en su totalidad). ¿Algún contra? El choclo es pequeño, y un poco insípido debido a su probable origen congelado.

Un tercer plato destacable es el arroz con pulpa al jugo, pues nos encontramos ante un arroz bien graneado, acompañado de sabrosa y abundante carne al jugo y con verduras; de la misma calidad es el arroz con guatitas a la jardinera, e igual juicio puede emitirse sobre el pollo con arroz, con la salvedad de que el plumífero de turno viene con el cuero adjunto, lo que al menos a este comensal, molesta un poco.

En paralelo se vende la popular fritanga, chorrillana y completo, nada de lo cual este autor ha tenido el valor de degustar, en parte porque la “comida de casa” es de buena calidad, y en parte porque las porciones de fritanga son de magnitudes apocalípticas.

En síntesis, la moraleja es que no juzgue las habilidades del cocinero, por las aptitudes decorativas del dueño del local: “El Comilón” es un lugar al que Julita Astaburuaga y Marie Rose McGill no entrarían, pero piense esto: La socialité chilena no sabe cocinar.

P.S. ¡Ah! No le dije dónde queda: la dirección es 6 oriente con 1 ½ Norte, ¿y el precio? son “mil nueve”, y “dos mil dos” con bebida.

Le Pató